Sin duda, el uso más frecuente de la equinácea, y por el que es más conocida, es para reducir los síntomas del resfriado común. Esto se debe a las dos principales propiedades de esta planta, esto es, su capacidad para reforzar y potenciar el sistema inmunitario –es un antibiótico natural capaz de activar nuestra producción de leucocitos– y como antiinflamatorio.

La equinácea también está recomendada en aquellos casos de pacientes a los que se les haya diagnosticado un trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), así como el Síndrome de Fatiga Crónica (SFC) o incluso en personas con cáncer, debido a su capacidad antiinflamatoria y de reforzamiento del sistema inmune, ya mencionadas.

Además de estas propiedades anteriormente descritas y por tratarse de un potente cicatrizante, también puede aplicarse de forma tópica para tratar diferentes infecciones y patologías en la epidermis, que pueden ser desde heridas, quemaduras y eccemas hasta la   psoriasis, pasando por el herpes, las picaduras, furúnculos, hemorroides o los abcesos, entre otros.



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